Pepe.
La ventana es pequeña, pero todas las mañanas
soleadas, llena el interior de mi pequeño estudio con un rayo de luz blanca.
Me
entretengo a veces mirando las diminutas, casi microscópicas, motas de polvo
revoloteando. Soplo para ver cómo se mueven hasta que vuelven a caer
lentamente.
Hoy, llevo más de 30 dias sin ver apenas el
sol, no ha parado de llover o de estar nublado. Tampoco oigo las risas de los
niños y niñas cuando van a jugar. Las palomas, a las que suelo poner alpiste,
pan y algunas semillas, son las únicas que vienen a visitarme.
Las calles están completamente vacías. Todo el
mundo está encerrado dentro de sus casas. No solo aquí en mi ciudad sino en
todos los pueblos y ciudades del mundo. Parece una película de ciencia-ficción,
pero no, es real, completamente real.
Un virus extraño está atacando a las personas
de manera brutal. Ya llevan contabilizadas 211.000 vidas en el mundo y más de 3
millones de contagios.
El miedo intenta apoderarse de los corazones y
de la razón.
Desde mi soledad y con la experiencia de mis
95 años, estoy tranquilo. Se que casi todo se puede superar. Digo casi, porque
la ausencia de Isabel me cuesta muchísimo, de hecho, ya no intento superarla,
imagino que está aquí a mi lado, hablo con ella, le cuento lo del coronavirus y
veo su cara de extrañeza preguntando ¿corona qué?
A las ocho asomaré mi cabeza por la ventana.
Aplaudiré junto a mis vecinos por todas las personas que están ahí fuera
cuidando de todos. Oiré las canciones de la vecina del quinto que tiene una voz
prodigiosa, llevo aquí 40 años y no sabía ni su nombre, después cada uno
volverá a entrar en sus casas hasta mañana.

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