dilluns, 29 de juny del 2020

13 Desde mi ventana: Matilde





Matilde.

El pueblo se ha quedado vacío. 
No se ve a nadie por la calle. 
De los 200 y pico habitantes censados, realmente vivimos aquí menos de la mitad todo el año. 
Los demás vienen y se van.

Hoy parece un pueblo fantasma, pero sigue siendo precioso.

Suelen venir personas de todo el mundo a visitarlo. 

Yo los miro desde mi ventana y me entretengo inventando la historia de sus vidas. Escuchando idiomas incomprensibles. Viendo sus ojos curiosos y caras de asombro ante el túnel que atraviesa la montaña para llegar al castillo.

Todo es silencio. Nadie debe salir de casa. Hay grave peligro de contagio. 
Yo estoy tranquila. Tengo todo lo que necesito. Mis hijos no paran de llamarme y los tengo que tranquilizar. Me traen a casa la medicación o la comida. Ni siquiera tengo que cocinar.

Me froto las manos con el gel hidroalcohólico y limpio con un paño empapado de lejía las cosas que suelo tocar y me pongo la mascarilla cuando vienen a traerme lo que necesito.

Desde mi ventana le grito a Antonio, que está un poco sordo, para que se asome a la suya y charlemos un rato. 
Él está con su hijo que es enfermero y es quien nos cuenta como van las cosas en su trabajo, pero pasa el dia solo.

Tengo 91 años, he visto guerras, hambre, terremotos y sequía, pero también alegría, fiesta, risas y felicidad.

Esto también pasará.

 


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