Matilde.
El pueblo se ha
quedado vacío.
No se ve a nadie por la calle.
De los 200 y pico habitantes
censados, realmente vivimos aquí menos de la mitad todo el año.
Los demás
vienen y se van.
Hoy parece un
pueblo fantasma, pero sigue siendo precioso.
Suelen venir
personas de todo el mundo a visitarlo.
Yo los miro desde mi ventana y me
entretengo inventando la historia de sus vidas. Escuchando idiomas
incomprensibles. Viendo sus ojos curiosos y caras de asombro ante el túnel que
atraviesa la montaña para llegar al castillo.
Todo es silencio.
Nadie debe salir de casa. Hay grave peligro de contagio.
Yo estoy tranquila.
Tengo todo lo que necesito. Mis hijos no paran de llamarme y los tengo que
tranquilizar. Me traen a casa la medicación o la comida. Ni siquiera tengo que
cocinar.
Me froto las
manos con el gel hidroalcohólico y limpio con un paño empapado de lejía las
cosas que suelo tocar y me pongo la mascarilla cuando vienen a traerme lo que
necesito.
Desde mi ventana
le grito a Antonio, que está un poco sordo, para que se asome a la suya y
charlemos un rato.
Él está con su hijo que es enfermero y es quien nos cuenta
como van las cosas en su trabajo, pero pasa el dia solo.
Tengo 91 años, he
visto guerras, hambre, terremotos y sequía, pero también alegría, fiesta, risas
y felicidad.
Esto también
pasará.

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